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La convivencia en pareja

La convivencia representa una ligera distorsión de la realidad afectiva. En la actualidad son muy pocas las parejas que aceptan vivir con uno de los padres aunque, últimamente, la imposibilidad de encontrar viviendas adecuadas provoca la aparición de más casos de los que se producían hace quince o veinte años.
El paso entre mantener una relación de amor, de comunicación y de proyecto afectivo común y el hecho de establecer una convivencia estriba en afrontar la cotidianidad. Mientras una pareja no haya decidido convivir, los espacios de relación aparecen siempre en condiciones de excepción, se comparte un domingo, una noche, un fin de semana o unas vacaciones; la vida cotidiana solo se comparte cuando se inicia la convivencia estable.
El establecimiento del hogar supone una doble decisión; por un lado lo que se refiere a la convivencia entre dos personas y, por el otro, lo que se refiere al hogar como vivienda. Con frecuencia se desea tener todo resuelto al iniciar la convivencia y ello implica inquietudes sobre el cumplimiento de las entregas o los encargos y, también, las lógicas disputas entre los miembros de la pareja a la hora de elegir un mueble, el color de una pintura o las prioridades que deben aplicarse al empleo del presupuesto disponible.
Puesto que la pareja puede no tener deseos de intervenir en decisiones que afecten a la instalación de su hogar, pueden dejar que los respectivos padres acepten la responsabilidad y tomen decisiones que, normalmente, deberían tomar ellos; si eso sucede será muy difícil conseguir que respeten la intimidad de la pareja. Hay padres que consideran que solo ellos hacen bien las cosas y no tienen capacidad para dejar actuar a los hijos. Los padres tienen que aprender a aceptar los posibles errores que puedan cometer sus hijos al tomar sus decisiones, que sin duda serán insignificantes comparadas con la tarea de iniciar una convivencia.

Los celos

Los celos siembran de amargura una pareja. Por algo se los define como un dragón o un demonio. El dragón de los celos devasta toda la afectividad y es fuente de dolor para el celoso y para el celado. No denotan en lo más mínimo amor o cariño, sino todo lo contrario y cuando uno se deja ganar por ellos al final es victima de una personalidad celosa y la persona se vuelve verdaderamente una enferma, pero una enferme insoportable.

Nunca debe dar pena el cecloso, sino el celado. Una relación de pareja donde los celos afloren una y otra vez es un infierno y lo mejor sería resolverla. Pero el celoso es ciego, no sabe distinguir ni poner medida a su desvarío, se comporta como un cazador con su presa. Lo de menos es de dónde provengan los celos, lo más importante es no dejarse condicionar por ellos y no permitirlos porque demuestran todo tipo de fantasías y sospechas paranoides, y susceptibilidades que inquietan y mortifican, distorsionan la visión y hacen vivir en un mundo interno de miedos e inseguridades. El celoso necesita constantemente demostraciones de afecto, atención, consideración y dedicación. Los celos le conducen a ser intolerante, exigente, impositivo y rígido, volviéndole insufrible. Los celos producen desorden mental, ofuscación, tendencias de dominio y hostilidad. El celoso considera a la otra persona como un artículo de su propiedad. Y su ego, se impone sobre las conductas ajenas. No respeta a la persona celada y le quiere imponer sus propios modelos de vida. Es posesivo y cuando no se complacen sus exigencias puede recurrir a la violencia, aunque sea verbal. Los celos convierten a la persona en insensible, déspota e intransigente.

Inseguridad, muchas carencias afectivas, conflictos internos sin resolver, falta de genuina autovaloración y mucho más hay detrás de ese dragón que son los celos y que hacen la vida de pareja imposible. Son antídotos de los celos la comprensión, la aceptación de la otra persona como es, el claro discernimiento de que nadie nos pertenece y de que la otra persona es libre, el respeto y el cariño verdadero y no abusivo.