Nunca debe dar pena
el cecloso, sino el celado. Una relación de pareja donde los celos
afloren una y otra vez es un infierno y lo mejor sería resolverla.
Pero el celoso es ciego, no sabe distinguir ni poner medida a su
desvarío, se comporta como un cazador con su presa. Lo de menos es
de dónde provengan los celos, lo más importante es no dejarse
condicionar por ellos y no permitirlos porque demuestran todo tipo de
fantasías y sospechas paranoides, y susceptibilidades que inquietan y
mortifican, distorsionan la visión y hacen vivir en un mundo interno
de miedos e inseguridades. El celoso necesita constantemente
demostraciones de afecto, atención, consideración y dedicación.
Los celos le conducen a ser intolerante, exigente, impositivo y
rígido, volviéndole insufrible. Los celos producen desorden mental,
ofuscación, tendencias de dominio y hostilidad. El celoso considera
a la otra persona como un artículo de su propiedad. Y su ego, se
impone sobre las conductas ajenas. No respeta a la persona celada y
le quiere imponer sus propios modelos de vida. Es posesivo y cuando
no se complacen sus exigencias puede recurrir a la violencia, aunque
sea verbal. Los celos convierten a la persona en insensible, déspota
e intransigente.
Inseguridad, muchas
carencias afectivas, conflictos internos sin resolver, falta de
genuina autovaloración y mucho más hay detrás de ese dragón que
son los celos y que hacen la vida de pareja imposible. Son antídotos
de los celos la comprensión, la aceptación de la otra persona como
es, el claro discernimiento de que nadie nos pertenece y de que la
otra persona es libre, el respeto y el cariño verdadero y no
abusivo.
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